En la sesión de mayo leímos «olor a hormiga» de Júlia Peró.
Durante la lectura compartimos una sensación agridulce. Es un libro que nos ha gustado mucho, que nos ha tocado por dentro, pero que también nos ha dejado con preguntas, con cierta inquietud, con esa incertidumbre que aparece cuando algo nos remueve de verdad.
Nos ha asombrado la capacidad de la autora para narrar desde el deterioro cognitivo, la demencia y otras realidades vinculadas al envejecimiento. La protagonista está construida con tanta honestidad y profundidad que sentimos que la entendemos por dentro y por fuera. A través de ella, se visibiliza lo invisible: lo que sienten las personas mayores cuando su mundo se estrecha y su cuerpo ya no responde como antes.
El proceso de escritura resulta poderoso porque humaniza. Nos muestra que envejecer, volverse dependiente o convivir con una enfermedad mental no borra el deseo, ni la dignidad, ni la capacidad de sentir o pensar con intensidad. En este sentido, la novela no es solo un relato sobre el deterioro, sino también sobre la resistencia, la ternura, la memoria y el amor propio.
La lectura nos ha invitado también a mirar de frente nuestras propias condescendencias hacia la vejez, a revisar cómo tratamos desde fuera aquello que algún día también seremos. Y no se queda solo ahí: habla de lesbofobia, gordofobia, clasismo, y otras violencias del sistema patriarcal que se cuelan en cada etapa de la vida.
En una entrevista, la autora confiesa que siente miedo a hacerse vieja. Y también que conoce bien a los gatos, que aparecen en la novela con sus rutinas y sus silencios, como una metáfora más del paso del tiempo, de la calma, de lo no dicho.
Nos quedamos muchas con frases que se nos han quedado pegadas a la piel. Y con una certeza: necesitamos más historias que hablen de lo que se suele callar, que nos recuerden que en el cuerpo viejo también habita la vida, y que esa vida merece ser narrada con respeto, belleza y verdad.

