Perras de reserva, de Dahlia de la Cerda, es una obra que no nos ha dejado indiferentes. Nos sacude y nos obliga a mirar de frente.
La autora despliega un uso del lenguaje múltiple y exigente, que en un inicio puede resultar áspero o difícil de entender, pero que termina revelándose como una de las grandes virtudes del libro. A través de registros diversos, da voz a los distintos estratos socioculturales de México y construye personajes complejos y profundamente humanos. La estructura narrativa rompe con el esquema clásico de presentación, nudo y desenlace, proponiendo un cambio magistral en la forma de contar y de leer.
Desde diversas historias narradas “desde dentro”, la novela visibiliza la realidad de los feminicidios y expone la complejidad de las violencias machistas sin reducirlas a un único perfil social. Así, desmonta el estereotipo que las vincula exclusivamente a los sectores más empobrecidos y lanza una crítica feroz a la inacción y la ineficiencia de las instituciones encargadas de prevenir, atender y erradicar la violencia de género.
La obra también nos ha interpelado a comprender la complejidad de los territorios fronterizos, donde la precariedad, el tráfico de personas y la trata con fines de explotación forman parte del día a día. Un entramado que no es casual, sino posibilitado por marcos legislativos y decisiones institucionales que lo permiten y perpetúan.
Par nosotras y en medio de esta dureza, Perras de reserva se alza como una oda a la protección y la alianza entre mujeres: una red de cuidados que resiste frente a la violencia estructural.
La lectura deja una pregunta abierta, incómoda y necesaria: ¿cambiará algo ahora que hay una mujer en la presidencia de México?

