El caso de Juana Rivas se ha convertido en un símbolo doloroso de lo que supone enfrentarse al sistema judicial cuando el enemigo no solo es el maltratador, sino también son las instituciones públicas, los medios, la sociedad… y a veces incluso el propio movimiento feminista que debería estar sosteniéndola sin condiciones.
Desde hace años, Rivas ha sido expuesta, juzgada, castigada y constantemente revictimizada. Su historia es el reflejo de un entramado institucional patriarcal que sigue dictando que las mujeres que denuncian violencia machista deben pagar un precio altísimo, casi insoportable.
Lejos de ser comprendida o protegida, Juana ha atravesado un calvario* que parece diseñado para quebrar a cualquiera.
La han hecho pasar por una persona “mal aconsejada”, “mal asesorada”, “mal acompañada” … un relato reiterado -históricamente- en tertulias, artículos de opinión y sentencias judiciales, como si su comportamiento no respondiera a un instinto legítimo de protección -suyo y de sus hijos-, sino al desvarío de una/cualquier mujer que no está en sus cabales. ¿Cómo puede alguien en su sano juicio privar a unos hijos de su padre? ¿Cómo puede desafiar la sacrosanta autoridad del padre, aunque este tenga antecedentes de violencia? Ironías del sistema: se castiga más a quien huye de la violencia e intenta proteger a quienes son vulnerables que a quien la ejerce.
A las mujeres se les exige un comportamiento social impecable ante las violencias, el miedo, la incertidumbre y la falta de garantías institucionales. Esta exigencia se multiplica cuando, además, son madres. Se espera de ellas una entrega absoluta, una capacidad infinita de sacrificio, una templanza inquebrantable… en definitiva, que encarnen el estereotipo de la madre abnegada: silenciosa, resistente, capaz de soportarlo todo por el bien de sus hijos pero sin cuestionar el orden establecido.
A Juana —y a tantas otras— se la juzga por no haber seguido ese guion impuesto. Por haber tomado decisiones que no encajan en ese ideal de maternidad perfecta e inofensiva. Se la trata como una mujer que no ha sabido actuar con “sensatez” o “madurez” cuando en realidad fue una persona que hizo lo que creyó necesario para proteger su vida y la de sus propios hijos ante una amenaza real. No se la reconoce como una mujer valiente que rompió con el mandato de aguantar, sino como alguien que se salió del rol y, por tanto, merece un castigo. Porque cuando una mujer que es madre desobedece el modelo abnegación, entrega y pasividad, ni el sistema ni la sociedad lo perdona.
El sufrimiento de Juana ha sido televisado, tuiteado y discutido hasta el hartazgo, pero no con el propósito de entenderlo o solidarizarse, sino para deslegitimarlo y utilizarlo como castigo ejemplarizante.
La justicia patriarcal que debería haberla protegido ha contribuido a amplificar su tortura, enviando el mismo mensaje escalofriante una vez más a todas las mujeres: “no te enfrentes, no luches, no denuncies”.
Porque cuando lo haces, lo pagas tú. Lo pagan tus hijos. Lo paga tu entorno. Lo pagan casi todas las mujeres que osan a poner el sistema en jaque.
Y mientras tanto, el maltratador se ve respaldado por el sistema: por la maquinaria judicial y el silencio institucional. Un poder que sigue tratando a los hijos e hijas y a las mujeres como propiedad del padre, como extensiones del antiguo pater familias romano que todavía inspira muchos sistemas judiciales europeos.
La violencia vicaria —ese uso cruel de los hijos como herramientas para dañar a la madre— sigue siendo invisibilizada o negada y por el contrario se sigue ensalzando el SAP (Síndrome de Alienación Parental), una teoría desacreditada pero todavía utilizada como arma para cuestionar el testimonio de las madres y justificar decisiones judiciales que priorizan “el vínculo paterno” por encima de la seguridad infantil. ¿Tienen los hijos derecho a estar con sus padres por el simple hecho biológico de serlo, o tienen derecho a crecer libres de miedo y violencia, de manipulación y de dolor?
El movimiento feminista ha sido, sin duda, un pilar fundamental para visibilizar y denunciar casos como el de Juana Rivas. Gracias a la movilización de tantas mujeres organizadas se ha logrado poner en el centro del debate público una realidad que durante años ha sido silenciada: la violencia estructural que enfrentan las mujeres, incluso —y especialmente— cuando intentan proteger a sus hijos e hijas.
Sin embargo, este caso también nos invita a mirarnos hacia adentro, con honestidad, pero también con compasión. A preguntarnos si realmente hemos sabido acompañar a Juana en todo momento, o si, sin quererlo, la hemos colocado en un pedestal que a veces resulta más solitario que solidario. ¿La hemos sostenido con un respaldo concreto o la hemos convertido en un símbolo de lucha tan grande que ha terminado cargando sola con el peso de esa representación?
Quizás sea hora de reconocer que, además de denunciar y visibilizar, necesitamos fortalecer nuestras redes de apoyo más allá de lo simbólico. Porque acompañar no es solo alzar la voz en redes sociales, firmar manifiestos o llenar titulares, aunque todo ello es necesario. Acompañar es también estar presentes en la práctica: brindar ayuda legal, contención emocional, apoyo económico, organización comunitaria, cuidado colectivo.
Desde los feminismos sabemos que ninguna lo logra sola. Y por eso, lejos de juzgar nuestra respuesta, este es un momento para preguntarnos desde la ternura y el compromiso: ¿cómo podemos hacerlo mejor? ¿Cómo podemos tejer espacios que sostengan de verdad, que reparen, que alivien? Juana Rivas no debe ser una mártir, ni una heroína trágica. Debe ser una mujer acompañada, creída, cuidada. Como tantas otras que luchan por vivir libres y sin miedo.
En medio de este entramado de sufrimiento, de dudas y de discursos cruzados, hay una verdad que debería mantenerse inamovible: la responsabilidad siempre es del agresor. No es de Juana, ni de su entorno, ni del movimiento feminista que intenta ayudarla. No es de quien huye, sino de quien golpea.
Es de quien viola, insulta, manipula, intimida o maltrata.
El caso de Juana Rivas es una llamada de atención. Una herida abierta en la conciencia social. Una advertencia sobre cómo el sistema judicial, mediático y político sigue fallando a quienes más lo necesitan. Pero también es una oportunidad para repensar cómo luchamos, cómo acompañamos y cómo construimos una sociedad en la que ninguna mujer tenga que elegir entre su libertad y/o la seguridad propia y la de sus hijos e hijas.
- Concentración en Cádiz en septiembre de 2017 https://kodigomalva.com/2017/09/10/justicia-para-juana-rivas-manifestacion-estatal/


