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Con motivo del día Mundial del Teatro os acercamos a Isadora Duncan, que es considerada por muchas personas la Madre de la danza moderna (Desarrolló una nueva forma de baile a principios del siglo XX). Bailarina, coreógrafa, maestra de baile, pensadora, feminista. Su propia personalidad, y el mito por su vida extrema, bohemia y trágica, la situaron como un puntal del feminismo.

Duncan pensaba que la danza debía ser un instrumento de liberación para el cuerpo de la mujer. Creía firmemente que la bailarina como creadora debía expresar lo que sentía desde adentro, y no seguir movimientos impuestos desde afuera. Duncan rechazó las estructuras, los pasos y posiciones del ballet clásico. Se inspiró en el arte clásico griego y en la naturaleza: una túnica vaporosa que dejaba adivinar el cuerpo y entrever las piernas desnudas y los pies descalzos, sin maquillaje y con el cabello suelto, mientras que lo habitual en aquella época era encorsetarse,  maquillarse a conciencia y recogerse el pelo en un moño o coleta.

Vale imaginarse lo que sucedía a principios del siglo XX, cuando una Isadora de carne y hueso dejaba que su carne se bamboleara entre composiciones de Beethoven, Schubert y Schumann para el espanto del victoriano público afín al ballet de ese entonces.

“La libertad ofende. Mujer de ojos brillantes, Isadora es enemiga declarada de la escuela tradicional, el matrimonio, la danza clásica, y de todo lo que enjaule al viento. Ella baila porque bailando goza, y baila lo que quiere, cuando quiere y como quiere, y las orquestas callan ante la música que nace de su cuerpo” 

(Eduardo Galeano).